Título: El Perseguidor

Autor: Julio Cortázar

 

 

Hay libros que se vuelven indomables, aparecen y desaparecen de nuestra vista y nada podemos hacer para evitarlo, como si tuvieran vida propia y bailaran en nuestra biblioteca. A mí, con los libros de Julio Cortázar me ocurre lo mismo, entran y salen de mis lecturas en momentos concretos, ellos sólos se posan sobre la mesa, el recodo del estante, o incluso en el suelo, y provocan en mí situaciones especiales, como esa música lejana que suena suavemente en nuestra mente y de pronto resurge con una fuerza y un ritmo que se apodera de toda nuestra atención. Los libros de Julio Cortázar son la banda sonora de mi existencia.

Y es este libro, El perseguidor, el mejor representante literario de la relación entre la música, la temporalidad y la literatura. La música del jazz, que atraviesa el relato desde el principio al final, como una aguja que lentamente hila página a página, frase a frase, con sus notas parecidas a las palabras. La magia del Jazz, la música por excelencia del siglo XX, que contagia al autor a lo largo del relato y lo llena de variaciones, de niveles, de swing, como el sonido de un saxo que sube y baja, que vuelve y se lanza al vacío, que retumba o suena sólo en su propio lenguaje, en las escenas donde describe el último tramo de la vida del gran músico de Jazz, Charlie Parker, representado en la figura del personaje Johnny Carter, y su relación con sus amigos y con el narrador de la historia: un crítico de Jazz, admirador del genio musical, y que estará siempre a su lado.

La temporalidad, por el reflejo de la existencia de dos tiempos en el texto: el tiempo medible, convencional, el habitual, y el tiempo que manifiesta Johnny Carter, que no se deja medir, ni atrapar por las medidas establecidas. Ambos sólo son coincidentes a través de la música, cuando Johnny toca el saxo. Nunca más.Y de la literatura, nada os tengo que contar: es Julio Cortázar. Leedlo y disfrutad.

 

 

Julio Cortázar nació en Bruselas, pero sus padres se trasladaron pronto a Buenos Aires. Estudió en la Escuela Normal de Profesores y fue profesor de Lengua y Literatura francesa en varios institutos de la provincia de Buenos Aires, y más tarde en la Universidad de Cuyo. En 1951 consiguió una beca para realizar estudios en París y ya en esta ciudad pasó a ser traductor de la UNESCO, trabajo que desempeñó hasta su jubilación. Un rasgo importante de su vida es que a raíz de un viaje que realizó a Cuba, invitado por Fidel Castro, se convirtió en gran defensor y divulgador de la causa revolucionaria cubana, como años más tarde haría con la Nicaragua sandinista. Mantuvo, a lo largo de su vida, un compromiso político activo, sobre todo en defensa de los derechos humanos. Formó parte del Tribunal Russell II que, en 1973, juzgó en Roma los crímenes llevados a cabo por las dictaduras latinoamericanas. Resultado de esta actividad fue su libro Dossier Chile: el libro negro.

Viajero impenitente e intelectual abierto, fue uno de los protagonistas del boom de la literatura latinoamericana. Entre sus primeras obras está Los reyes (1949), un poema en prosa centrado en la leyenda del Minotauro. El tema del laberinto reaparece en Los premios (1960), una novela que gira alrededor del crucero que gana un grupo de jugadores en un sorteo, y que se va convirtiendo a lo largo del relato en una auténtica pesadilla.

El Cortázar de los cuentos ha creado escuela por sus propuestas sorprendentes, su aprovechamiento de los recursos del lenguaje coloquial y sus atmósferas fantásticas e inquietantes que pueden emparentarse con las de los relatos de su compatriota Jorge Luis Borges. Entre las colecciones de cuentos más conocidas se encuentran Bestiario (1951), Las armas secretas (1959), uno de cuyos relatos, El perseguidor, se ha convertido en un referente obligado de su obra; Todos los fuegos el fuego (1966); Octaedro (1974), y Queremos tanto a Glenda (1981). Entre el relato y el ensayo imaginativo de difícil clasificación se encuentran Historias de cronopios y de famas (1962), La vuelta al día en ochenta mundos (1967) o Último round (1969). También escribió algunos poemarios como Presencia (1938), Pameos y meopas (1971) o Salvo el crepúsculo (póstumo, 1985).

Cortázar también ha escrito breves ensayos, como Algunos aspectos del cuento, en el que establece las diferencias entre novela, que implica varios acontecimientos en sucesión, y cuento, un acontecimiento principal que sirve de núcleo alrededor del cual se articulan las acciones del personaje y todos aquellos elementos significativos que, como la metáfora, el símbolo o las referencias a determinados objetos o situaciones, anuncian al mismo tiempo que, creando pistas inciertas o ambiguas (origen de la tensión del relato o intriga), ocultan el desenlace. Aplicando la terminología del boxeo, Cortázar dice que la novela gana por puntos y el cuento por knock-out. Insiste en la necesidad de condensación y en que no hay temas importantes y temas insignificantes: cualquier tema, aun el más trivial (y para demostrarlo cita los cuentos de Chéjov), puede volverse significativo gracias a un buen tratamiento literario. Ejemplo de ello es el cuento Continuidad de los parques, en el que un hombre está leyendo una novela que narra cómo conspiran una mujer y su amante para matar al marido, que resulta ser el señor que lee la novela.

Rayuela (1963), la obra que despertó la curiosidad por su autor en todo el mundo, compromete al lector para que él mismo pueda elegir el orden en el que leerá los capítulos: de manera sucesiva o siguiendo un esquema de saltos que el autor ofrece en el comienzo del libro, pero que no excluye -al menos hipotéticamente- otras alternancias posibles.

Cortázar llevó después estos planteamientos estéticos a su novela 62 / modelo para armar (1968), obra que toma su nombre del capitulo 62 de Rayuela, que no se lee si se sigue el orden fijado por el autor. Con el trasfondo político de la situación latinoamericana y de la vida de unos exiliados en París, pero con las mismas inquietudes literarias, publicó en 1973 El libro de Manuel.

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